Sería descarriado decir que el deporte nacional no es el fútbol. Desde chico te regalan un balón de fútbol como para reafirmar tu masculinidad y si ese balón termina volando por los cielos después de gritar una sarta de países; y si ese balón termina golpeando a otro niño por jugar a las quemadas, pobre del padre que mirará con impotencia como su hijo no es “el niño chileno normal” o peor aún como llegará a convertirse más adelante en el último en ser elegido y en el declarado neutro, cuando de un equipo se trate. Lo único que ese padre espera es que no llegue a ser “neutro” a la hora de desarrollar su masculinidad.
Ahora bien, dejando de lado las excepciones, los que nos desarrollamos futbolísticamente al alero de nuestros padres entrenadores, sabemos que a estas alturas de la vida las puertas del profesionalismo nunca se abrieron para nosotros , pero acogemos con la hidalguía propia de un caballero las grandes compuertas del fútbol amateur.

Ese fútbol que rechaza a deportistas con algún tipo de entrenamiento que no sea el de la propia vida, que no discrimina por la condición física y que es ciego ante los cuerpos esculpidos por el tiempo (léase guatones). Es que el ser deportista amateur va más allá del jugar la pichanga en sí. Una de las reglas es ver más fútbol que practicarlo, ya sea en todos sus formatos: los partidos 90 minutos (da lo mismo dormirlos), las repeticiones en los noticieros y para los más modernos por qué no jugar un partido de forma virtual.
Eso sí la regla de oro es ser de algún equipo. Es tan pasional el cuento que se llegado a prohibir el tema y ha ingresado a las ya conocidas prohibiciones sociales, de no hablar de religión y política. ¿De que equipo eres? Es la pregunta que debes saber responder desde chico, sin temor, sin vacilación. Tu respuesta es la que condicionará tu existencia futbolera. El problema está cuando hay dudas. Sí, dudas…
Toda mi vida he sido de uno de los equipos más gloriosos de Chile, reservaré el nombre para mantener la objetividad inexistente en este medio, pero sólo diré que es de un albo color. Las cosas cambiaron cuando conocí la Tercera División del Fútbol Chileno, perteneciente a la ANFA, Asociación Nacional de Fútbol Amateur; tal como lo leen una organización de deportistas amateur.
Mayor aún fue mi sorpresa cuando descubrí que estaba participando un equipo que representaba a la hermosa ciudad de Quilpue, lugar al cual le debo toda mi existencia. Comencé a ir al estadio por primera vez en mi vida y sentía que debía apoyar a estos avezados jóvenes en su afán por obtener un cupo para ascender a la segunda división del balompié criollo.
Si existían personas que decían con propiedad, yo soy de Wanderers de Valparaíso, de Everton de Viña del Mar o de San Luis de Quillota; como no iba a decir con la frente en alto ahora: “Yo soy de Unión Quilpue de la amateur Tercera División”
Ingresar al estadio de Quilpué por las inexistentes paredes y encontrarse con no más de 50 “hinchas” que adornan una tribuna con capacidad de 2.694 personas es sin duda amateur, pero me enorgullece, me identifica y me hace encontrar un nuevo sentido a mi existencia amateur.
Ahora bien, dejando de lado las excepciones, los que nos desarrollamos futbolísticamente al alero de nuestros padres entrenadores, sabemos que a estas alturas de la vida las puertas del profesionalismo nunca se abrieron para nosotros , pero acogemos con la hidalguía propia de un caballero las grandes compuertas del fútbol amateur.

Ese fútbol que rechaza a deportistas con algún tipo de entrenamiento que no sea el de la propia vida, que no discrimina por la condición física y que es ciego ante los cuerpos esculpidos por el tiempo (léase guatones). Es que el ser deportista amateur va más allá del jugar la pichanga en sí. Una de las reglas es ver más fútbol que practicarlo, ya sea en todos sus formatos: los partidos 90 minutos (da lo mismo dormirlos), las repeticiones en los noticieros y para los más modernos por qué no jugar un partido de forma virtual.
Eso sí la regla de oro es ser de algún equipo. Es tan pasional el cuento que se llegado a prohibir el tema y ha ingresado a las ya conocidas prohibiciones sociales, de no hablar de religión y política. ¿De que equipo eres? Es la pregunta que debes saber responder desde chico, sin temor, sin vacilación. Tu respuesta es la que condicionará tu existencia futbolera. El problema está cuando hay dudas. Sí, dudas…
Toda mi vida he sido de uno de los equipos más gloriosos de Chile, reservaré el nombre para mantener la objetividad inexistente en este medio, pero sólo diré que es de un albo color. Las cosas cambiaron cuando conocí la Tercera División del Fútbol Chileno, perteneciente a la ANFA, Asociación Nacional de Fútbol Amateur; tal como lo leen una organización de deportistas amateur.

Mayor aún fue mi sorpresa cuando descubrí que estaba participando un equipo que representaba a la hermosa ciudad de Quilpue, lugar al cual le debo toda mi existencia. Comencé a ir al estadio por primera vez en mi vida y sentía que debía apoyar a estos avezados jóvenes en su afán por obtener un cupo para ascender a la segunda división del balompié criollo.
Si existían personas que decían con propiedad, yo soy de Wanderers de Valparaíso, de Everton de Viña del Mar o de San Luis de Quillota; como no iba a decir con la frente en alto ahora: “Yo soy de Unión Quilpue de la amateur Tercera División”
Ingresar al estadio de Quilpué por las inexistentes paredes y encontrarse con no más de 50 “hinchas” que adornan una tribuna con capacidad de 2.694 personas es sin duda amateur, pero me enorgullece, me identifica y me hace encontrar un nuevo sentido a mi existencia amateur.
La Tercera División tiene como slogan “Un campeonato de Tercera, con fútbol de Primera” máxima que todos los hinchas de esta división sentimos como propia y tomamos como bandera de lucha para combatir con las grandes y mercantilizadas divisiones profesionales de Chile.
Sin ir más lejos nuestra oportunidad de enfrentarnos con el futbol S.A por fin se ha materializado y se llama Copa Chile (justo nombre). Esta remozada versión 2008 de la Copa, por primera vez integra a la Tercera División y nos da la posibilidad de enfrentarnos, tanto con los equipos de Segunda como con los de Primera.
En la etapa inicial, que Unión Quilpué sorteó sin problemas, enfrentó a los mismos equipos de la Tercera, clasificando a sólo 12 para enfrentarse a los de Segunda. Y es en esta fase donde se encuentra mi nuevo club esperando el gran partido ante San Luis de Quillota. Ganando este colosal combate, participaríamos, cual David y Goliat, ante los equipos “grandes”
Si las vueltas de la vida llevan a enfrentar al glorioso equipo blanquecino de mi formación futbolera con mi nuevo amor, tengan por seguro que mi corazón no estará dividido, porque en los pies de esos once gladiadores, como diría Julito Martínez, estarán proyectados los sueños de miles de amateurs, que como yo verán que algún día se abrirán las grandes alamedas por donde pase el fútbol libre de Tercera División.

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