La gran fiesta cívica del plebiscito trajo de vuelta la palabra democracia y con ella, la posibilidad de poder elegir a nuestros gobernantes. Volvíamos a ser responsables de nuestro futuro político. Han pasado más de veinte años de aquella gran partusa democrática, ya hemos elegido a cuatro presidentes, un puñado de parlamentarios y unos cuantos alcaldes.
Hoy nos encontramos en el periodo de elecciones municipales, aquel proceso de la Democracia más local, si bien la participación en los registros electorales ha disminuido considerablemente -teniendo en cuenta que para el plebiscito si inscribieron para votar cerca del 90% de las personas que cumplían con los requisitos- hoy el fenómeno de la masiva actitud democrática no se da en los votantes, sino en la cantidad de candidatos.
Alguna vez leía que “las democracias son los gobiernos cuyos líderes son elegidos en forma periódica, competitiva y por medio de elecciones no excluyentes (Jeane J. Kirkpatrick, 1981)” otro autor decía que el proceso “se caracterizaba por contar con elecciones competitivas en las cuales la mayor parte de los ciudadanos tiene derecho a participar (G. Bingham Powell, 1982)” estos son sobrios significados de Democracia, está bien que nuestro proceso político sea sobrio pero ¿no será mucho?
En esta ocasión la cantidad de concejales a elegir es impresionante, para menos de 10 cupos en los concejos municipales aparecen alrededor de 50 candidatos. Me parece extraordinario que la democracia no sea excluyente y que la mayor parte de los ciudadanos pueda participar, pero de ahí a que la fiesta de la democracia se transforme en una partusa, con más colados que invitados a ofrecer alternancias en pro del manoseado bien común, es otra cosa.
Pareciera que el ponceo le ha ganado al romanticismo. Pero ¿qué fue lo que sucedió para que nos llenáramos de invitados de piedra y peor aún de pelolais disfrazados de pokemones independientes? ¿Acaso el ciudadano común y corriente decidió apalear la cesantía intentando comenzar una carrera política? o ¿los partidos llenaron de candidatos “independientes” para desvincularse con la pésima imagen que proyectan los políticos?
Las respuestas para la gran cantidad de candidatos pueden ser muchas, incluso no me parecería raro que más de uno de los postulantes haya sido alentado a participar en algún asado con los amigos con un “tay pintado para candidato” esperemos ese grito no se convierta más adelante en un “se siente, se siente anónimo presidente…”
La verdad, espero que la masividad de candidatos no se torne costumbre. Seguir criticando a la clase política por obtener dinero fácil y seguro, además de gratas estadías al extranjero, pareciera no estar convirtiéndose en un llamado de alerta para la ciudadanía, sino que en una tentadora oferta para convertirse en un indio con pinta de cacique.Hoy nos encontramos en el periodo de elecciones municipales, aquel proceso de la Democracia más local, si bien la participación en los registros electorales ha disminuido considerablemente -teniendo en cuenta que para el plebiscito si inscribieron para votar cerca del 90% de las personas que cumplían con los requisitos- hoy el fenómeno de la masiva actitud democrática no se da en los votantes, sino en la cantidad de candidatos.
Alguna vez leía que “las democracias son los gobiernos cuyos líderes son elegidos en forma periódica, competitiva y por medio de elecciones no excluyentes (Jeane J. Kirkpatrick, 1981)” otro autor decía que el proceso “se caracterizaba por contar con elecciones competitivas en las cuales la mayor parte de los ciudadanos tiene derecho a participar (G. Bingham Powell, 1982)” estos son sobrios significados de Democracia, está bien que nuestro proceso político sea sobrio pero ¿no será mucho?
En esta ocasión la cantidad de concejales a elegir es impresionante, para menos de 10 cupos en los concejos municipales aparecen alrededor de 50 candidatos. Me parece extraordinario que la democracia no sea excluyente y que la mayor parte de los ciudadanos pueda participar, pero de ahí a que la fiesta de la democracia se transforme en una partusa, con más colados que invitados a ofrecer alternancias en pro del manoseado bien común, es otra cosa.
Pareciera que el ponceo le ha ganado al romanticismo. Pero ¿qué fue lo que sucedió para que nos llenáramos de invitados de piedra y peor aún de pelolais disfrazados de pokemones independientes? ¿Acaso el ciudadano común y corriente decidió apalear la cesantía intentando comenzar una carrera política? o ¿los partidos llenaron de candidatos “independientes” para desvincularse con la pésima imagen que proyectan los políticos?
Las respuestas para la gran cantidad de candidatos pueden ser muchas, incluso no me parecería raro que más de uno de los postulantes haya sido alentado a participar en algún asado con los amigos con un “tay pintado para candidato” esperemos ese grito no se convierta más adelante en un “se siente, se siente anónimo presidente…”
¿qué les parece a ustedes, mayor participación ciudadana o una partusa política?

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